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Marco Godoy

ÓRBITA
Una exposición de Marco Godoy en Nadie Nunca Nada No

En la teoría de la relatividad general, el horizonte de sucesos designa una frontera: una superficie del espacio-tiempo que separa regiones que ya no pueden afectarse mutuamente. El límite, no es visible ni material, se entiende como una condición relacional que depende de la posición del observador. Es un umbral que define qué permanece en el campo de lo posible y qué queda fuera de alcance.

ÓRBITA se configura como un campo de relaciones en el que los cuerpos —humanos, vegetales, técnicos— se disponen en función de fuerzas que no se representan directamente, pero organizan su posición. Las esculturas, figuras humanas de edad incierta suspendidas en estados de casi ingravidez, no responden a una gravedad estable. Ni descansan, ni se apoyan, permanecen en un equilibrio precario, como si su lugar dependiera de una atracción que no se deja ver, pero determina su orientación, distancia y escala.

Si la ley de la gravedad formulada por Newton permitió deducir la existencia de cuerpos celestes antes de poder observarlos, aquí esa lógica se desplaza hacia lo sensible: la relación entre las piezas se manifiesta como efecto de una fuerza invisible cuya presencia se hace evidente en la disposición del conjunto. La masa de cada elemento, aquí queda entendida más allá del volumen físico, como intensidad de vínculo, donde genera una tracción diferencial sobre los demás. Según esa relación, los cuerpos se aproximan, se desvían o quedan retenidos en trayectorias de las que no pueden sustraerse del todo.

En este sistema, la órbita deja de remitir a un recorrido cerrado en torno a un centro fijo para convertirse en una forma de relación. Una trayectoria que permite alejarse sin perder la referencia. Las figuras parecen reconocerse desde una distancia cargada de tensión, donde la proximidad no implica contacto ni la separación aislamiento. Cada posición está modulada por un campo de afinidades, jerarquías y dependencias que altera continuamente la percepción de escala y lugar. Los cuerpos se ajustan, se expanden o se contraen en función de aquello que los afecta.

Unas pequeñas piezas de cristal, realizadas a partir de la morfología de herramientas neolíticas, introducen una alteración temporal en este campo. Su apariencia remite a un pasado remoto, pero su materialidad las desplaza hacia otro régimen: no son restos ni objetos funcionales, son formas suspendidas entre el vestigio y la ornamentación. Como si hubieran atravesado su propio horizonte de sucesos, permanecen como imágenes de una función que ya no puede recuperarse plenamente, activando una temporalidad no lineal sino superpuesta.

Una pieza de vídeo incorpora una dimensión adicional a este sistema, articulada en torno a un gesto mínimo que transforma la relación entre cuerpo, materia y sonido. Sin desplegarse como narración, introduce una resonancia en la que lo orgánico se convierte en medio y el entorno responde, haciendo perceptible una red de afectaciones que atraviesa el espacio.

En conjunto, la exposición configura una constelación de fuerzas —gravitacionales, temporales, acústicas— que se entrelazan sin resolverse en una única lógica. Cada elemento define su posición en función de los demás, y el equilibrio del conjunto depende de una red de relaciones en constante ajuste.

ÓRBITA presenta objetos que no están aislados, son un sistema en el que toda distancia es ya una forma de implicación. El espectador entra en un campo en el que su propia posición queda modulada por esas mismas fuerzas. Mirar, desplazarse o detenerse implica participar en esa trama, donde las relaciones no se rigen por una medida fija, por intensidades variables que alteran la escala y la proximidad.

En este sentido, lo que aquí opera es, además de una física de cuerpos, una economía de los afectos: un sistema en el que la cercanía, la distancia o la jerarquía se configuran como fuerzas que atraen, desvían o retienen. No todos los cuerpos pesan lo mismo ni ejercen la misma tracción. La gravedad, lejos de ser constante, se vuelve relacional, modulada por aquello que nos vincula. ÓRBITA es, en última instancia, una coreografía de esas fuerzas invisibles que organizan cómo nos situamos unos respecto a otros.