MiraLookBooks 2023

Proyectos

Publicaciones







Contacto:
Mail
Twitter
Facebook


Lorenzo García-Andrade

La flor furtiva 2, es un proyecto de Lorenzo Garcia -Andrade en colaboración con Jonás de Murias, que se inaugura el 1 de marzo de 2026

La flor furtiva 2 se articula en torno a una práctica sostenida desde hace varios años en fotografiar flores de barrios de Madrid durante la noche, utilizando cámaras analógicas con flash. En el momento de la toma no existe control sobre el enfoque ni el encuadre: la oscuridad impide decidir con precisión los planos, y el procedimiento analógico elimina la posibilidad de verificación inmediata, corrección o repetición. Esta renuncia deliberada al control se ha convertido en una búsqueda que se revela a través de imágenes tan imprevisibles como sus formas, desestabilizando la simbología que rodea las flores y metabolizando la ciudad a partir de elementos, como ellas, fugados de las leyes de la visibilidad, la racionalidad y el consumo. Algunas imágenes salen de este archivo ahora para juntarse y formar un paisaje nocturno que dura lo que dura una canción.

Esta investigación forma parte de un proceso más amplio centrado en la relación entre las personas y las flores, que en sus iteraciones anteriores ha explorado las tensiones entre deseo, belleza, posesión y violencia extractiva. En esta nueva fase, el proyecto se desplaza hacia lo nocturno, la opacidad y la indeterminación como territorios desde los cuales abstraer dicha relación y explorar sus potencias más allá de los marcos científicos, racionales y comerciales.

Fotografiadas de día, las flores suelen aparecer como símbolos de orden y control: clasificadas, comprendidas, domesticadas. En la noche, sin embargo, adquieren una condición espectral y vulnerable. Bajo el destello del flash se retuercen, se desenfocan o emergen fragmentadas, dejando de ser objetos pasivos de contemplación para transformarse en presencias activas. La luz artificial y fugaz del flash actúa como interrupción y, al mismo tiempo, como posible epifanía: un instante de revelación que ilumina sin estabilizar el sentido.

El archivo resultante —conformado por estas imágenes nocturnas— se activa en el espacio expositivo mediante una instalación sonora y visual site-specific pensada para ser recorrida por una sola persona cada vez. Las fotografías, distribuidas en un entorno completamente oscurecido, construyen un paisaje nocturno que se despliega en el tiempo, “lo que dura una canción”. La experiencia propone un recorrido fragmentario en el que imágenes, luz y sonido se cruzan, se superponen y se deshacen, generando momentos de aparente melodía que inmediatamente se disuelven.

La oscuridad no funciona aquí como ausencia, sino como material activo. Desplaza la primacía de la visión clara y totalizadora, altera los parámetros perceptivos y propone una ética de la opacidad: la posibilidad de relacionarse sin reducir ni dominar completamente aquello que se percibe. En lugar de ofrecer una comprensión cerrada, la instalación busca transferir una experiencia.

La composición musical intensifica esta dimensión inmersiva y trabaja con material sonoro vinculado al lugar, desprovisto de literalidad lingüística. El sonido se organiza como una deriva nocturna: anticipación, acumulación, interrupción, desvío y, finalmente, un amanecer sensorial que no clausura el sentido sino que lo transforma.

La iluminación, automatizada y fragmentaria, dialoga de alguna manera con el gesto del flash fotográfico: destellos breves, angulados, parciales. La luz aparece como interrupción más que como revelación total. En conjunto, imagen, sonido y oscuridad configuran una dramaturgia no lineal donde el cuerpo del visitante se convierte en el centro activo de la experiencia.

La flor furtiva II propone así una indagación sensorial sobre la relación entre humanos y entorno, desplazando la mirada desde el control hacia la experiencia, desde la visibilidad hacia la opacidad, desde la representación hacia la transferencia. A través del collage, la acumulación y la recomposición de materiales locales —fotográficos, sonoros y espaciales— el proyecto construye un paisaje nocturno en el que las flores operan como modelo de resistencia en el mundo, como presencias que se resisten a ser plenamente capturadas.